martes, 21 de junio de 2011

El Hartazgo de la Sociedad


“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.”
Declaración Universal de los Derechos Humanos (Art.3)

En su artículo Liderazgos Súbitos, el Dr. Édgar González esboza uno de los grandes problemas de la actualidad: el hartazgo social. Entendido éste como el sentimiento negativo de una población hacia su sistema político, económico y/o de Gobierno que no se corresponde con las necesidades de esa misma sociedad.
El hartazgo suele desencadenar rupturas con el orden establecido, ya sea por medio de reformas o de revoluciones. Lo cierto es que rara vez deja de tener efectos de considerable trascendencia.

Lo cierto es que cuando la población se cansa, deja de creer en las instituciones; cuando se deslegitiman públicamente las acciones de las autoridades, entonces es tiempo de replantearse el paradigma imperante, ya sea cultural, político, económico o social.
En España y Portugal, el descontento social se manifiesta en voz del movimiento Los Indignados, que realizan multitudinarias marchas de protesta en Madrid, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, Lisboa y Oporto. Recordemos también que fueron las protestas al interior del mundo árabe las que produjeron cambios (de diferentes magnitudes) en los gobiernos de Egipto, Túnez, Argelia, Yemen y Jordania.
Existen muchos ejemplos del descontento, del hartazgo y de su consecuencia extrema: la ruptura del tejido social.
Mientras Calderón afirma que vamos ganando la guerra contra el narcotráfico, el país parece un polvorín. Lo preocupante es contemplar que los casos de descontento cada vez son menos lejanos en el tiempo y el espacio.
El intento de linchamiento en San Lorenzo Acopilco, en Cuajimalpa, ya no extraña a nadie; los cotidianos bloqueos carreteros de la Alianza Mexicana de Organizaciones de Transportistas (Amotac) denunciando los altos niveles de corrupción y el aumento de asaltos, secuestros y extorsiones; las multitudes reunida por el poeta Javier Sicilia le acompañan en su marcha de protesta por todo el país; los Grupos pro Derechos Humanos descalificando las acciones gubernamentales en ciudad Juárez, donde se han registrado más de 1,000 homicidios durante 2011; la Asamblea comunitaria de San Francisco Tlapancingo, Silacayoapan, desconociendo los resultados electorales, las resoluciones de la Comisión de Gobernación de la Cámara de Diputados, del Instituto Estatal Electoral de Oaxaca (IEEO) y de la Secretaría General del Gobierno del Estado, culminando en la toma del Palacio Municipal y la declaración comunitaria de Municipio “Autónomo”; los Grupos de Autodefensa Ciudadana que buscan suplir la labor policial en Tetela del Volcán (Morelos), Cherán (Michoacán), LeBarón (Chihuahua) y en las regiones de la Costa y de la Montaña (Guerrero).
Aquí, en Veracruz, la situación parecía no ir tan mal. Sin embargo, hechos recientes hacen una necesaria revisión de creencias. Nuestro Estado, otrora isla de seguridad, parece engrosar las tétricas estadísticas de la lucha federal contra el crimen organizado. No hemos llegado a los niveles de violencia que se registran en la zona fronteriza del norte, pero tampoco estamos en el mejor de los mundos posibles.
Hoy, necesitamos que nuestros gobernantes nos traten como a una ciudadanía madura; necesitamos una clase política (de derecha, de centro y de izquierda) autocrítica y responsable, que olvide los colores partidistas para servir a la sociedad en su conjunto; necesitamos a la sociedad civil legitimando las acciones gubernamentales y denunciando los excesos; necesitamos fortalecer las instituciones; necesitamos que las instituciones responsables de la impartición de justicia mejore sus procesos y se enfoque en impartir justicia; necesitamos cuerpos de Seguridad que brinden tranquilidad de la ciudadanía; necesitamos a todos los sectores y estratos sociales cerrando filas para defender al estado de  derecho.
Hace un par de días, la directora de Comunicación Social del Gobierno del Estado afirmó que el asesinato a sangre fría del periodista Milo Vela, esposa e hijo, ocurrido mientras dormían en su domicilio, “no es un hecho aislado y no es un atentado contra los medios de comunicación”.
Tiene razón, no se trata de un hecho aislado, todo el país se encuentra al borde de la inseguridad.  Los niveles de violencia social se han disparado y, como causa o consecuencia, la delincuencia organizada también ha incrementado sus métodos de intimidación. No se respira con tranquilidad en ningún sitio.
La Alcaldesa de Xalapa declaró recientemente que esta ciudad continúa siendo una de las ciudades más seguras del país, a pesar del incremento de 70% en los ilícitos denunciados este año. Aunque no son los delitos más comunes, las desapariciones, violaciones y homicidios están en boca de muchos parroquianos. Se han registrado enfrentamientos con células bien armadas del crimen organizado; el joven Manuel Alejandro Portilla fue asesinado mientras paseaba por los lagos, sin más motivo, y un empleado del sector salud perdió la vida en manos de una pandilla en la colonia Chapultepec, etc. Lo preocupante es que la violencia se está volcando de manera aleatoria sobre civiles no involucrados en actividades ilícitas. Los rumores crecen como bola de nieve y se multiplican las historias de asaltos en las carreteras cercanas.  
Si bien es cierto que son innegables algunos hechos delictivos, también es innegable que hay esfuerzos locales, estatales y federales para contener la creciente ola de violencia.
A nivel Federal, se espera que la lucha continúe al menos un par de sexenios más. A nivel Estatal, se concentran los esfuerzos en contener la delincuencia y mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía, en fortalecer las virtudes democráticas, en fomentar la transparencia, en combatir el delito y la impunidad.  A nivel local, se reestructuran policías, se aplican programas de coordinación con la ciudadanía. A nivel personal, se vive con temor.
Mientras escribo estas líneas, las autoridades de la capital afirman que las 68 pandillas –plenamente identificadas- no son un problema. Coexisten la Policía, el programa “Vecino Vigilante” y 254 Subcomités de participación ciudadana capacitados por autoridades policiales. Esperemos que arrojen resultados positivos y que esos resultados satisfagan a una sociedad.  
Sólo así se esfumará el fantasma del hartazgo cotidiano.